El destino es un artista curioso, Messi tiene más de 200 partidos con su país, incluyendo seis Mundiales, y nunca en toda su carrera futbolística tuvo la posibilidad de enfrentarse a Inglaterra, ni siquiera en un amistoso. Hoy, la historia lo pone a disputar las semifinales de su última Copa del Mundo contra el rival al que los argentinos más disfrutan ganarle.

Hablar de Argentina e Inglaterra en los Mundiales no es solo hablar de un partido de fútbol más. Es un enfrentamiento que a lo largo de la historia de la competencia se vio atravesado por varios capítulos que fueron preparando el acto final de este próximo miércoles 15 de julio a las 16:00, hora de Argentina.

A pesar de que el primer duelo oficial entre ambos seleccionados fue en Chile 1962, victoria inglesa por 3-1, para conocer el origen de esta rivalidad hay que avanzar cuatro años en el tiempo, hasta Inglaterra 1966.

La FIFA, presidida por el inglés Stanley Rous, había otorgado la organización del torneo al país británico, bajo un formato donde el reparto de cupos y el calendario resultaron sensiblemente más favorables para el anfitrión que para las potencias sudamericanas. 

En ese clima de desconfianza, el 23 de julio de ese año, el estadio de Wembley fue testigo de un cruce de cuartos de final que quedaría marcado para siempre. El capitán argentino, Antonio Rattín, fue expulsado por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein tras una larga discusión donde ni siquiera compartían el idioma; el juez justificaría luego su decisión argumentando que le había faltado el respeto por “cómo lo miraba”. Rattín resistió la salida diez minutos pidiendo un intérprete y al retirarse entre los abucheos del público local, retorció un banderín de córner que tenía la bandera británica, generando una de las imágenes más icónicas del torneo.

Rattín expulsado ante Inglaterra por los cuartos de final del Mundial 1966.

Mientras desde las tribunas bajaba el grito de “Animals, animals”, una hostilidad que el propio técnico inglés, Alf Ramsey, convalidó una vez finalizado el partido, la Selección resistió con orden. Sin embargo, jugar con un hombre menos durante más de cincuenta minutos terminó pesando y un gol de cabeza de Geoffrey Hurst selló la eliminación albiceleste. Al día siguiente, la FIFA sancionó a Rattín con cuatro partidos y llegó a evaluar la exclusión de Argentina del próximo Mundial, fundando una rivalidad que, a partir de esa tarde, dejó de ser meramente deportiva.

El episodio más importante y trascendental de esta enemistad se escribió el 22 de junio de 1986. Aquel día, en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, Argentina e Inglaterra volvieron a cruzarse por los cuartos de final de la Copa del Mundo, un choque que heredaba toda la tensión nacida veinte años antes en la tarde de Wembley y que terminaría por convertirse en el enfrentamiento más legendario, simbólico y recordado en la historia de los Mundiales.

Este crucial encuentro llegó apenas cuatro años después de la guerra de las Malvinas, una herida abierta y sumamente dolorosa para el pueblo argentino que tiñó el ambiente de una carga emocional asfixiante. Minutos antes de saltar a la cancha, en la más absoluta intimidad del vestuario, Diego Armando Maradona lideró una arenga feroz que transformó ese dolor en fuego sagrado, miró a los ojos a sus compañeros y les recordó que, aunque fuera un partido de fútbol, se jugaban la vida por los pibes de Malvinas y por el orgullo de un país herido, sentenciando que a ese rival había que matarlo futbolísticamente.

Adentro de la cancha, Maradona transformó la tensión en eternidad al firmar los dos goles más icónicos de la historia del deporte. El primero, una picardía inolvidable que convirtió con la mano izquierda desafiando la mirada de los jueces, fue bautizado por el propio Diego como ‘’La mano de Dios’’. El segundo, consumado apenas cuatro minutos más tarde, fue una obra de arte total, una carrera frenética e inmortal desde la mitad de la cancha en la que desparramó todo inglés que se le atravesaba, incluyendo al arquero Peter Shilton, dejando grabado para siempre el ‘’Gol del Siglo’’ en la memoria del futbolero. 

Diego Armando Maradona ante Inglaterra, cuartos de final del Mundial 1986.

Esta dimensión de reivindicación histórica, sumada a la popularidad masiva del relato radial de Víctor Hugo Morales, terminó de consolidar el encuentro como un hecho cultural absoluto que fue creciendo con los años. Con el tiempo, aquel mediodía se transformó en un fenómeno tan profundo que, décadas después, seguiría inspirando la publicación de libros, la producción de series y el estreno de películas dedicadas a desmenuzar su mística.

Doce años después, el 30 de junio de 1998, la historia sumó otra página dorada en los octavos de final de Francia. Tras un primer tiempo electrizante que terminó 2-2, con goles de Gabriel Batistuta y una inolvidable jugada preparada de Javier Zanetti, el partido cambió en el complemento cuando David Beckham fue expulsado por una reacción desde el suelo contra Diego Simeone. Inglaterra resistió con diez hombres y forzó los penales, pero el arquero Carlos Roa se vistió de héroe al atajar dos remates y sellar la clasificación argentina. Aquella noche marcó a fuego a Beckham, quien fue hostigado y tildado de traidor por la prensa y el público británico durante meses, alimentando un drama que el propio futbolista recordaría décadas más tarde como una de las heridas más profundas de su carrera.

David Beckham expulsado ante Argentina, octavos de final del Mundial 1998.

La revancha de Beckham y el desahogo inglés llegaron apenas cuatro años más tarde, el 7 de junio de 2002, en la fase de grupos de Corea-Japón. En el domo de Sapporo, el propio volante se tomó su revancha personal al marcar de penal el 1-0 definitivo, un resultado que caló hondo y dejó herido a los dirigidos por Marcelo Bielsa. El golpe fatal terminaría de consumarse en el partido siguiente ante Suecia, donde un empate 1-1 selló la temprana y dolorosa eliminación del conjunto nacional en la primera ronda, decretando uno de los mayores fracasos recientes de la historia mundialista del país.

Desde 2002, los caminos de ambos seleccionados jamás volvieron a cruzarse en una Copa del Mundo, estirando una distancia de veinticuatro años. No obstante, el destino guardaba su carta más caprichosa para el final. Este miércoles 15 de julio a las 16:00, el peso de toda esta historia acumulada bajará de golpe al verde césped, Lionel Messi, el hombre que lo ganó todo pero que jamás tuvo a los creadores del fútbol enfrente, saldrá a disputar el boleto a la final en uno de sus ultimos bailes mundialistas, aunque tratandose del rosarino, todo puede pasar. El escenario está listo para el cruce que faltaba.

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“Salió a mariconear. Una falta de respeto total. Lo fuimos a buscar y el club se portó de forma increíble con él. Le dimos el contrato más alto de su vida. Y el día que se va tiró nafta al fuego después de perder 3-0. ¿Con qué necesidad, Carlitos Quintana? ¿Cómo podés ser tan desagradecido?”.

Gonzalo Belloso